jueves, 28 de marzo de 2013

Otras Historias....



5


El árbol enseño al Hombre hasta la última gota de savia que poseía, hasta que por fin se cerró con un ligero estremecimiento. El hombre acompaño al árbol en aquel movimiento lento y pausado, como en una delicada danza, que hubiera ralentizado el tiempo. Por dentro se sentía como un pañuelo retorcido y estirado hasta no más dar de si. Un pañuelo que siempre vio de un color determinado y ahora había descubierto que no era exactamente como lo recordaba.

Mientras salía del edificio su alma rebotaba dentro de su ser, como si de un neutrino salvaje y poderoso se tratase, quisiera recorrer hasta el último e infinitesimal rincón de su cuerpo. Afloro el Odio, la pena, la tristeza, los recuerdos, y estos se fueron diluyendo poco a poco. Por último la culpa, la cual quiso engancharse con poderosos dientes fue expulsada. Fue desterrada  exhalando un largo suspiro.

Sus pies pisaban ya el polvo aplastado y comprimido del camino. El camino del Norte. El Hombre oteo su sinuoso recorrido, que se perdía entre las elevaciones del terreno. En el cielo el sol era una desvaída esfera luminosa, cuyos contornos parecían haberse difuminado. El Hombre se giro para observar el trazado del Sur. Una pequeña nube de polvo indicaba que alguien venia en esa dirección de forma veloz. El Hombre espero

Una simple figura uniformada, se paro delante de él y le entrego un sobre. El mensajero se marcho por el mismo camino y a la misma velocidad. El Hombre abrió el sobre y leyó su contenido. Lentamente se vio transportado de nuevo a aquel maravilloso lugar que amaba…

Estaba allí, físicamente, delante de ella, sus ojos verdes, su sonrisa velada, sus amados rizos negros, su fino talle, … y su voz…y aquel cariño saliendo a raudales…
Guardián, siento decirte esto, pero no puedo ser tu Reino. Has de perderte en los caminos, perdernos ambos, seguir nuestros hilos en la vida, y diluirnos en el tiempo, hasta que algo nos vuelva a reencontrar”

El Hombre musito quedas palabras al oído del Reino:

---No pienso renunciar a ti, haré lo que haga falta hacer. Tú has encontrado mi camino, y ahora quiero transitarlo contigo. Contra todo los problemas. Hasta el fin del tiempo y hasta que se apague la luz del mundo.

Guardián, esto es un hasta siempre"

La imagen se diluyo. La nota que lo había transportado estaba tirada en el camino. El Sol se ponía en el Horizonte. Un grajo alzo el vuelo mientras chillaba roncamente. Una ligera brisa empezó a soplar del sur, levantando el polvo. Olor a coco. Risas en el viento. Manos invisibles que lo rozaban y brazos intangibles que lo acunaban. Gotas de lluvia y sal en el camino en un cielo sin nubes. Los últimos rayos de un sol moribundo refulgieron en sus velados ojos, y la oscuridad lo envolvió todo. Girándose, dio un paso tras otro, hacia el Norte.


...
7
Aquellos enormes ojos castaños de niño miraban sin perder detalle todo lo que ocurria en la calle. Desde su ventana en lo alto del edificio, sus ansias de curiosidad intentaban cumplirse sin existo. Hacia mucho tiempo que aquel trozo de ciudad, el unico que podia ver desde donde estaba, habia dejado de interesarle.
El niño queria salir de esa habitacion desde hacia mucho tiempo, pero Miedo era su carcelero y era un carcelero muy tenaz.
Durante todos los años desde que tenia uso de razon, su vida se habia reducido a mirar por aquella gran ventana y ver las vidas de los demas ajenos a que un pequeño niño los observaba a muchos metros de altura. Mientras, Miedo lo custodiaba celosamente
Un dia el Niño tomo la unica decision que le quedaba. Se encaramo a lo alto del alfeizar y miro abajo. El suelo parecia encontrarse muy lejos, pero cualquier cosa era mejor que seguir recluido en aquella habitacion. Casi sin querer dio un paso y se dejo caer, precipitandose muchos metros hasta el suelo. El golpe contra la dura superficie fue terrible, un sonoro golpe acompañado de la risa de Miedo desde lo alto de la habitacion. El Niño conmocionado por el impacto se quedo muy muy quieto. No tardo en captar la atencion de los demas que le rodeaban
---Eh mirad---dijo un tipo de ojos claros a otro que iba con el---Que niño tan feo y enclenque, de donde habra salido?---pregunto mientras ambos se acercaban.
---¿estara enfermo?--- dijo un tipo delgado y con el pelo muy corto---Mirad que blancucho, me da un poco de asco
---Sí, si que da asco---dijo un tercero, un tipo grande y gordo---Me dan ganas de patearlo
---¿Verdad que si?---dijo el primero---venga dale, es solo una cucaracha
El tipo gordo se acerco y le propino una patada al Niño, sin mucha fuerza, aunque lo hizo rodar sobre si mismo. Los otros, haciendo un corrillo alrededor del Niño, empezaron a golpearle mientras seguian increpandole
---¡Nunca llegaras a nada, seras siempre un bicho raro¡---
---Debe tener una enfermedad, no se te ocurra tocarle---
---Con esa pinta jamas nadie te querra, moriras solo---
---Me das asco, ¡asco!
Los golpes se sucedian uno detras de otro, pero sin embargo eran aquellas frases cargadas de maldad las que de verdad le herian profunda y permanentemente. Aquello duro solo un momento aunque para el Niño parecio durar una eternidad
Cuando se cansaron de golpearle, le escupieron y se alejaron dejandolo alli tirado. El frio que le erizaba la piel magullada no era nada comparado con la gelidez que le atenazaba como garras el alma. Incorporandose muy lentamente, fue a dar un paso y entonces vio a Miedo a pocos metros, mostrando sus podridos dientes en una sonrisa de satisfaccion
---En tu habitacion estabas seguro, ahora todos te haran daño--- su voz eran piedras triturando piedras--- Vuelve a tu habitacion y estaras a salvo
---No--- fue la simple respuesta del Niño
La sonrisa de Miedo se ensancho mas, como una grieta en la roca
---¿No?, bonita palabra niño, pero de lo que te va a servir cuando esas otras personas vengan a por ti.
Fuertes temblores sacudieron el fragil cuerpo mientras las palabras de Miedo calaban hasta lo mas hondo de su cuerpo. Forzandose a si msmo, el Niño dio un paso y luego otro mas. Despacio, muy despacio dio un rodeo evitando acercandose a Miedo y siguio avanzando
---¿Ese es tu plan, crio de mierda?--- Su voz sonaba furiosa, llena de ira y a la vez cargada de burla---¿Ignorarme?¿Durante cuanto tiempo crees que podras darme la espalda?. Aparecere niño, aparecere una y otra vez, ¡¡ durante el resto de tu vida !!.---
El niño sigui avanzando, mientras las lagrimas corrian por sus mejillas. Al girar en una esquina, vio su reflejo en una superficie metalica y pulida, y se quedo mirando su reflejo fijamente durante un instante. Aquellos enormes ojos castaños le devolvieron la mirada.
---Pronto encontrare un Hogar---se dijo
Dandose la vuelta, prosiguio el camino arrastrando lentamente los pies
9


El camino del Norte tiene otra peculiaridad. Es aveces tan largo que llega a convertirse en el camino del Sur, siempre que aun se tenga ánimos de no abandonar su trazado, aquel que persevera puede verse de forma abrupta recorriendo un camino diferente al que empezó. El suelo ya no es como polvo de huesos machacados, sino verde y fresco. El paisaje monótono y gris se torna en explosiones de colores y formas que arrancan una sonrisa incluso al mas adusto. El viento ya no es cortante y afilado, sino balsámico y revitalizador a la vez. Aquel que transita el camino del Sur, lo reconoce rápidamente al pisarlo, si ya lo recorrió antes. Y por muchos años que pasen sin hollar sus verdes franjas y por mucho que llegues a olvidar su recorrido. Al recorrerlo se rememoran todas las veces anteriores.
Es esta la mayor singularidad del Mundo, y pocos, solo los que llegan a recorrer los dos caminos, se percatan de que no existen los dos caminos, que en definitiva es uno solo, y todo de pende de la dirección en que lo transites. Huelga decir, que mientras la parte Norte es una dura y fatigosa ascensión, el camino del Sur es un cómodo y suave descenso. Por esto cuando transitas la parte Norte necesitas dar lo mejor que tienes dentro, o el marcado gradiente del camino hara que vagues sin rumbo durante mucho tiempo. Es por ello que en los peores momentos, debemos ser mejores. Sin embargo el Camino del Sur, el maravilloso Camino del Sur, puede ser igual de peligroso. La suave bajada adormece al caminante, le exige menos y por ende ofrece menos. La relajación puede llevar al sopor, y el sopor a perder el trazado, lo cual puede ser fatal, ya que perder la orientación te puede encaminar de nuevo y muy rápidamente al camino del Norte. Esto solo lo pueden saber aquellos que ya han transitado varias veces el camino. Es difícil no dejarse llevar por los cantos de sirena que te transportan a la dejadez la primera vez que se camina por el Sur.
Por ello, y en definitiva, cuando transitas el idílico camino, no has de olvidar que igual que diste lo mejor cuando te lo exigía el tortuoso camino, para poder mantenerte en el cómodo trazado del Sur, debes hacer lo mismo. Es esta la mayor lección que ofrece el Camino. La lección que aprendió el Hombre, la ultima que necesitaba para matar a Miedo, el cual, se plantaba en medio del camino obstruyendo el paso al Hombre, al Guardián, al Niño
---Ahora los tres somos uno----dijo con voz firme---Este es tu fin
...




Epilogo


---...¿y Fin?
Posiblemente no, ya que nunca hay un fin, porque ¿Quien establece cuando es el fin y con que criterios lo hace?. Por lo tanto no es esto un fin, aunque si puede ser un hasta el momento. Ademas muchos querrán saber si Miedo finalmente murió, si fue destruido y vencido, desterrado a ese lugar donde nada existe.
Pobres ilusos
A Miedo no se le puede vencer, esta es la ultima lección de todas. A miedo no se le mata y deja de existir, cual rio que se seca o montaña que se hunde. Es mas, muchas veces miedo se servirá de la creencia de que ha muerto, para emboscarnos a la primera de cambio.
A Miedo solo se le puede embridar e intentar aguantar sus salvajes embates
Siempre nos acompañara, siempre estará ahi para recordarnos nuestros fracasos y nuestras perdidas mas sentidas, para recordar todo lo que pudo ser y nunca fue, y lo mas importante, para que sigamos perdiendo cosas, y asi El poder seguir alimentándose. Pues, igual que una voraz tenia, Miedo medra de todos nuestros fallos e intenta que sigamos encadenandolos para el darse tal apetitoso banquete
Debemos, en conclusión, alejar de Miedo todo aquello que sea bueno de nuestra vida, cual zanahoria colgado del palo, para que así Miedo, como el caballo que la persigue sin nunca alcanzarla, y nosotros a lomos de él, avancemos con energía por el camino que tendremos que recorrer.

Nostalgia del Futuro


En un lugar no muy lejano, existía una habitación muy particular. Nosotros ya no la conocemos pero existen muchas como ésta en el mundo. En ella, como en tantas otras, había una pequeña figura acurrucada en el alfeizar de la ventana, única abertura de esta extraña habitación.
            Esta figura, una niña de nombre Esperanza, observaba por la ventana con sus enormes ojos castaños abiertos como platos, como una serie de personas desfilaban por la calle. Igual que le pasa a todos los niños cuando siguen siendo niños, la altura de las cosas que perciben parece mayor de lo que de verdad es. Sin embargo, realmente sí había mucha distancia desde la niña hasta esa calle. Y a esas personas, Esperanza las veía muy pequeñas, y muy lejanas, pero aun así había algo en ellas que le llamaba poderosamente la atención: todas se parecían a ella de una manera u otra, pero en versiones más adultas. Unas iban con un traje elegante y un maletín en la mano, caminando con un aire de dignidad que ni un embajador. Otras, vestían de forma más sencilla, quizás con un mono azul brillante como el cielo, o con una bata blanca que de tan limpia podrían haber comido unos marqueses puesta en la mesa de mantel. Y a pesar de lo simple de sus atuendos, sus caras rebosaban felicidad. Esperanza no entendía nada de esto, pero ver aquello le producía una extraña sensación de congoja, que algunos entendidos en la materia han querido llamar “Nostalgia del futuro”.
            ---Hola---dijo de pronto una voz infantil a sus espaldas, haciendo que Esperanza se girara rápidamente---. Tu debes ser Esperanza
            La niña abrió aun más los ojos. Allí delante de ella había un niño pálido y flaco, pero con la mirada más benévola que jamas vio ni imaginó.
            ---Sí, soy yo---dijo Esperanza con todo el valor que su vocecilla podía inferir---. ¿Tú quién eres?
            ---Yo me llamo Oliver---respondió---, y soy un niño que como tú estaba en una habitación de la que no podía salir.
            Esperanza quedó como alcanzada por un rayo. No entendía ¿Acaso se podía salir de la habitación? ¿ Y para qué? ¿Había en realidad algo más que esas cuatro paredes?.
            Oliver se acerco hasta Esperanza, que seguía paralizada,  y se acomodo en el alfeizar junto a ella. Mirando alternativamente a la calle y a la niña, Oliver siguió hablando.
            ---Esperanza, mi padre era un hombre muy sabio y muy listo. Gentes de muchos sitios y muchos tiempos lo escuchan con atención, pues él entendía muy bien las cosas que nos ocurrían a nosotros, los niños. Y aunque la gran mayoría lo tomaba por un simple contador de cuentos, en otras personas obraba un cambio en su corazón, y les animaba  hacer algo para que ningún niño estuviera nunca encerrado en una habitación de este tipo
            ---¿De este tipo?---preguntó Esperanza con voz trémula
            ---Sí mi querida amiguita.--- Dijo Oliver cogiéndole la mano con ternura infantil--- Esta habitación la conozco muy bien. Al principio parece amplia, pero poco a poco te va oprimiendo el estomago, hasta que se te hace tan pequeña, que solo queda espacio para un único pensamiento.---mirando hacia la calle Oliver prosiguió---. ¿Ves todas esas personas Esperanza?. Son las personas que tu podrías ser si sales de esta habitación.
            El corazón de esa niña dio un vuelco ante lo que acababa de oír.
            ---¡Yo quiero salir Oliver!---dijo la niña con vehemencia,  poniéndose en pie y apretándole la mano--- ¡quiero ser como ellas y poder pasear por esa calle y sonreír y ser feliz todos los días!
            Oliver la miró con dulzura y dando un paso subió al alfeizar aupando gentilmente a Esperanza. Ésta se asustó al ver aquel abismo ante sus pies, pero la mano de Oliver la agarraba con fuerza.
            ---Yo no puedo sacarte de aquí, por mucho que lo deseo---dijo Oliver---. Mi papel es tan solo  hablarle al alma de esas personas que nos leen, igual que lo hizo mi padre, y esperar a que vengan a sacarte de aquí
            ---¿Crees que vendrán Oliver?---le preguntó la niña ilusionada
            Oliver le dedicó la mirada mas tierna que diera jamas a nadie en toda su vida, y con una gran sonrisa le contestó:
            ---Claro. Por algo te llamas Esperanza.

domingo, 26 de febrero de 2012


(2)


---Uff---Resoplo con un gesto de dolor Lucas. Inmediatamente se reprocho por su debilidad

---No te muevas Lucas---Le respondió Lioba  regañándole, mientras le apretaba el vendaje.--- Hace solo un mes que te heriste, y aun podría quedarte mal si la venda no queda ajustada.

Lucas asintió levemente y la miro fijamente mientras esta estaba concentrada rodeándole el hombro con la venda de lino. Esos ojos verdes brillantes, el cabello como miel volcada y aquella nariz dominante. No podía dejar de mirarla. Sorprendido, se preguntó cuando exactamente la muchacha había dejado de mirarlo asustado y avergonzada de hablar con el hijo de un noble, y cuando empezó a tratarlo con naturalidad. No es que le desagradara tal cosa, ni mucho menos, pero al parecer el hecho de estar pendiente del cuidado de su hombro hacia que ella asumiera el papel de noble en aquellos momentos que le aplicaba la pasta machacada que ella misma preparaba, y le volvía a poner el vendaje.

---Ese viejo idiota te coloco mal el vendaje de nuevo---No dejaría de sorprenderle que aquella muchacha timorata y tranquila se exaltase tanto por las, a su manera de ser, chapuzas que hacia el médico de la familia Montalvo. Quizás ella también se sorprendía, ya que enrojeció notoriamente---Perdona Lucas, no debí de decir eso.

---No pasa nada Lioba---¿Como podía ponerse aun más guapa solo con sonrojarse?---. A ese “viejo idiota”, casi se le salieron los ojos de las orbitas cuando retiro el vendaje la semana pasada. Al parecer no confiaba en que se recuperase tan rápido.

---Pues claro que no---dijo casi resoplando, volviendo a poner ese gesto contrariado.---Debe ser muy necio para pensar que con esos líquidos destilados que te aplico iba a conseguir que el hueso soldase bien---De nuevo sonrojo, pero esta vez no hubo disculpa---. No se quien enseña esas cosas a los médicos, pero mi madre les podría explicar un par de cosas.

La aludida giro la cabeza hacia ellos, con aquella enorme sonrisa en un rostro redondo y lechoso. Con la misma nariz y los mismos ojos claros que su hija, Mara hacia porte de una belleza ya perdida, pero que aun se podía intuir. Pelo castaño del mismo color miel que su hija, con algunas hebras grises, bien prieto en un moño, y de constitución bastante robusta. Se mecía en una desvencijada silla, tejiendo una gruesa prenda de lana, ya casi acabada. Y justo a tiempo, pues el invierno había comenzado ayer mismo, cuando las primeras nevadas cayeron en el valle de Enso, cubriendo el pueblo con un leve manto blanco.

---Y a mí me las explico mi madre, Dios la tenga en su gloria--- su voz aunque algo ronca, tenía algo de reconfortante---. E imagino que a ella la suya. Así ha sido desde hace mucho tiempo, y nos ha ido bien.
Lucas asintió medio distraído mientras observaba el resto de la humilde estancia. Un solo cuarto, con suelo de paja, una mesa bastante desvencijada con varias sillas, una estantería con varios utensilios de cocina, el hogar, y dos jergones de pajas en un rincón. Nada más, humildad rallando en la pobreza, como cualquier otro trabajador de la tierra.

---Bueno esto ya está---dijo satisfecha Lioba atando firmemente el vendaje---. Creo que en un par de semanas ya no tendrás que llevarlo.

Lucas movió levemente el brazo, notando con sorpresa como apenas sentía molestias al moverlo y una sensación de frescor le recorría debajo del vendaje.

---Esta genial Lioba---le dijo Lucas sonriéndole---. Gracias

---No tienes porque darlas---dijo sonrojada y sonriendole---

---Bueno es tarde ya---dijo Lucas mirando por la ventana. Las horas de luz se habían acortado mucho al entrar en las últimas semanas del año.---Debería irme.---Incorporándose se puso la camisa por encima y luego la pesada chaqueta de paño marrón

---Déjame acompañarte Lucas---le dijo Lioba mientras lo seguía hasta la puerta

---No puedo dejar que hagas el camino de regreso sola. No a estas horas---Al abrir la puerta, un frio viento se coló por el vano de la puerta, agitando las cacerolas colgadas encima del hogar---

---Entonces hasta el fin del cercado---respondió ella con un gesto mohíno---¡Ahora vengo madre ¡

---Ten cuidado mi niña---contestó sin levantar la mirada de la labor de punto

Sabiendo de lo inútil que sería discutir con ella, Lucas lo dejo estar y juntos emprendieron el sendero cubierto de nieve que llevaba hasta el camino principal que iba al castillo. Quien hubiera pensado que Lioba era una muchacha dócil y sin carácter… descubriría en que error se hallaba. Voluntariosa, y poco sumisa, para nada encajaba como la hija de una labriega. Quizás esto fuera un punto a favor para que su familia aceptara a una plebeya. Quizás pero seguramente no lo suficiente. Sin embargo a Lucas le daba igual. Si no lo aceptaban, se fugaría con ella. lo supo desde el día siguiente que recibió la herida y esta lo busco en el patio del castillo para estar con él, interesada por su hombro, e insistiéndole, casi  imponiéndole, ¡imponiendole!, a que fuera a su casa para curarle el hombro. Y aunque enseguida se dio cuenta de que estaba tirando del brazo sano del hijo de su señor, y encima dándole ordenes, tiñendo sus mejillas de un rojo intenso y balbuciendo disculpas,  no descansó hasta que Lucas aceptó en que le tratase el hombro. Desde entonces se habian visto  casi todos los dias, compartiendo risas, arrumacos y buenos momentos. Mucho carácter, y reacia a escuchar un no, y menos a aceptarlo. Pero todo aquello se desvanecía como las hojas caídas de un árbol ante un furioso viento. Lucas había puesto su corazón a los pies de la muchacha irremediablemente, y como el que enciende un fuego en la hojarasca, ya no había marcha atrás ni nada que lo apagase.

Mientras recorrían los escasos trescientos metros del sendero, Lioba le contaba con lujo de detalle, la última trastada de la gata que vivía debajo de las tablas que formaba los escalones de la entrada de la casa. A estas alturas Lucas conocía mejor a aquel animal blanco y de hocico pardo que a muchos de los sirvientes del Castillo.

---Muchos verían a mal tener un gato en casa---dijo casi sin pensar Lucas. Enseguida quiso tragarse sus palabras---.

---Bueno, muchos verían mal muchas más cosas, cosas tan absurdas como lo de aplicar unas estúpidas hierbas  en  tu hombro---respondió con un deje amargo en la voz. Su semblante hasta hace nada animado demudo en uno serio. Y también triste. Lucas se odio por haber hecho desaparecer la luz de aquellas piedras verdemar.---La gente vive con miedo, y el miedo es la peor enfermedad de este mundo. Por desgracia, para eso no hay hierba que valga.

Habían llegado casi hasta el final del sendero, y la cerca que marcaba el final del mismo era visible entre dos arbustos. Lucas se detuvo y encaro a Lioba para que lo mirase a los ojos, ahora llenos de tristeza, su luz menguada. Aquella era la única luz que quería ver en el mundo, la luz de unos ojos que lo iluminaban más que el sol.

---Lioba, lo siento mucho---Las manos de Lucas le asían firmemente los hombros---. No debí decir aquello. Solo espero que me perdones---.  Los ojos de este fundidos en los de ella.--- Solo es que…---Se interrumpió bruscamente.”Solo es que tengo miedo de lo que otros puedan hacer”. “Miedo a que te hagan daño por las cosas que haces”. Miedo. Ella le acababa de hablar sobre eso mismo.

---Lucas, eres un hombre bueno---Le contesto quedamente, Luego continuo con más energía. Esa energía que parecía irradiar de ella---. Pero vives en el mundo que vives, y te han enseñado las cosas de una manera. Es muy difícil cambiar eso. Es muy difícil no ser como es el resto del mundo. Además esas cosas que me has contando que te pasaban de pequeño…

---Basta---espeto interrumpiéndola---. No quiero hablar de eso, ni siquiera lo menciones

---Pero Lucas---su tono empezó a alzarse---. Tienes que sacarlo fuera, si lo entierras te herirá por dentro. Tienes que dejar que salga y para ello no puedes negarlo.

--- ¿Quién te crees que eres para hablar así a un Montalvo?---Las palabras salieron disparadas como un látigo. Quería callar pero era como un rio desbordándose después del deshielo invernal. La ira lo atizaba descontroladamente y su voz carecía de calidez---. Tú no me das órdenes a mí, labriega. Yo soy el que ordena aquí. Así que no vuelvas a hablarme así--- La vergüenza lo llenaba por dentro por las palabras que acababa de decir. Aun así no cambio el ceño ni muto el semblante adusto y arrogante lo mas mínimo

El rostro de Lioba recibió cada palabra como un mazazo físico, encogiéndose cada vez más, con los labios entreabiertos en un gesto de estupor. Cuando Lucas soltó la última frase zahiriente, esta tenía los ojos anegados en lagrimas y su mandíbula se abría y cerraba por el aturdimiento. Sin embargo, enseguida se repuso, y aquellos dulces ojos  que el había contemplado durante horas se convirtieron en acero verdinegro

---Tiene toda la razón, mi señor---Dijo mientras hacia una profunda reverencia--- Lamento mis palabras y acepto el castigo que usted disponga. No tengo perdón por haberme atrevido a hablarle así.---La cabeza inclinada en gesto servil, las palabras sonaban amortiguadas pero firmes.

---Lioba yo…---La ira se desvaneció, y la vergüenza lo cubrió asfixiándole como una montaña de estiércol.---

---Por favor mi señor, castígueme, o márchese. Si alguien nos viera juntos podría hablar mal de usted y eso podría perjudicarle. Y eso es lo que una humilde labriega como yo jamás querría de su señor---. Aquel tono, aquellas palabras, donde se mezclaban la tristeza, la ira, la autohumillación y el dolor, se le enterraron como garras en el alma.

---Puedes marchar---. Vergüenza, dolor, pero seguía siendo un Montalvo. Acarrearía las consecuencias con firmeza. No gimotearía. Era su culpa y merecía el castigo.

---Mi señor---. Sin levantar la cabeza volvió a inclinarse en una reverencia y de seguido se giro apretando el paso por el camino de vuelta, dejando leves hoyos con sus ligeras pisadas. Pero ni por asomo eran leves los huecos dejados en su alma por aquellos pasos que se alejaban de él. Girando en un recodo, la luz del mundo, la luz de su mundo, desapareció tras unos raquíticos arboles. Y aunque la noche lo alcanzo cerca del castillo, anduvo todo el camino de vuelta sumido en la más profunda oscuridad.

sábado, 25 de febrero de 2012

Pasado


(1)
El sudor corría por el torso desnudo del joven, mientras jadeaba fuertemente. En sus manos sostenía firmemente un acero de poco mas de un metro, afilado y equilibrado, con la mortífera punta señalando al otro contendiente, el cual imitaba su postura: Piernas separadas, brazos abiertos y pegados a los costados, las manos firmemente unidas. El helado viento que corría por el valle apenas hizo que aquel muchacho se estremeciera, no en aquel punto de concentración que Lucas había alcanzado. Aun así sabía que su rival no había notado el gélido viento procedente de los Pirineos. Ni poco ni mucho. A pesar de lo rápido que el joven aprendía, sabía que no estaba a la altura de Ricardo de Montalvo, caballero de su majestad Juan I el Cazador, Rey de Aragon, Valencia, Mallorca, Cerdeña y Córcega.

Su tío, ya que tal ilustre caballero era hermano de su padre, el Baron Joaquin de Montalvo, llevaba la misma poca ropa que el joven. Su espada, parecía una copia exacta no sin motivo, ya que habían sido forjadas junto con otras cuatro por uno de los mejores herreros del Reino y repartidas a cada miembro varón de la familia. Con solo doce años, cuando Lucas recibió aquella espada apenas fue capaz de levantarla. Desde entonces había recibido clases por el maestro de armas de su padre cada dia, como mandaban las buenas formas del primogénito de un noble. Sin embargo, era en las contadas ocasiones en las que los visitaba su tio cuando Lucas de verdad avanzaba sustancialmente en su manejo. Él le había explicado que la liza era más que subir y bajar el brazo con fuerza.

---Eso te rebajaría a la condición de un herrero, muchacho--- había dicho su tio lo que ahora parecía una eternidad---. Subir y bajar la espada como si se tratara de un martillo golpeando el hierro en un yunque no es manera de pelear para un Montalvo. Dale dignidad a tu arma, y ella te la devolverá a ti.

También le había explicado el truco de la concentración. Intentar no estar pendiente de más que uno mismo y su adversario, olvidando todas las sensaciones externas, concentrandose en su objetivo y estudiando cada movimiento imperceptible del mismo. Casi cinco años habían pasado desde la primera vez que entreno con él y le explico aquello. Casi cinco años, y solo estaba empezando a dominarlo.

---Me sorprendes muchacho--- dijo de repente Ricardo de Montalvo, devolviendo al presente a su sobrino--- parece que ya lo has entendido--- No hacía falta más aclaraciones---. Veamos si consigo romper tu control.

Sin mediar un segundo, Ricardo se abalanzo de un salto con la espada apuntando hacia delante como una flecha. El hombre más joven interpuso su espada echando el cuerpo hacia un lado, mientras giraba con la cadera para descargar con fuerza un golpe lateral. El acero gemelo pareció teletransportarse, ora a un lado y ora a otro, deteniendo los sucesivos embates. En poco segundos era el hombre más viejo el que hacía lo propio. Lucas apenas podía hacer más que parar los golpes una y otra vez, adivinando casi hacia donde se dirigiría el siguiente. Adivinando no, se corrigió, intuyéndo, al leer el lenguaje corporal de su adversario.

Entonces algo llamo su atención, algo fuera del círculo de acero. Aunque contradecía todo lo enseñado por su tío, no pudo evitar desviar inconscientemente la atención de su adversario. Y allí estaba, a menos de treinta metros, observándolo con aquellos enormes ojos verdes como gemas pulidas. No era la primera vez que veía a Lioba pero el efecto fue el mismo. Transcurrieron varios latidos de un corazón acelerado por la contienda, pero fueron varios miles más de latidos de tiempo en su mente los que corrieron, mientras caía en picado en aquel paraíso esmeralda. Entonces llego el dolor.

Sintió como si su hombro reventara en pedazos, y todo ocurrió muy rápido: Lioba abría aun mas sus ojos en un gesto de temor mientras se llevaba la mano a la boca y dejaba caer el cesto que tenia colgado del brazo. Ricardo de Montalvo rugió algo que Lucas no entendió, mientras el suelo se abalanzaba sobre él. El agrio y fresco sabor de la hierba que cubría el prado le inundo la boca, y noto unas manos que lo giraban poniéndolo boca arriba. Un curtido rostro, enmarcado por un enorme bigote canoso lo miraba con un gesto a medias serio y a medias divertido. ¡Divertido!.

---Condenado muchacho, casi te arranco el brazo---Su voz sonaba firme, en nada preocupada. Eso le hizo sentir mejor---. Da gracias a que ya no me voy fijando en jóvencitas, o ahora yo estaría intentando escapar del tajo del verdugo de tu padre, por haber matado a su primogénito.

El dolor le llegaba en oleadas, e intento girar la cabeza para verse el hombro, pero desistió cuando las punzadas arreciaron. Entonces otra cabeza, en nada similar a la primera, ocupo la otra mitad de su campo de visión.

Jamás, ni en sus sueños más locos y frenéticos, había pensando poder contemplar algo tan bello. A escasos treinta centímetros de su cara, aquel rostro ovalado y perfecto, con aquella nariz larga e imponente hacia que el dolor casi desapareciera. La había visto muchas veces a lo largo de los dos últimos años, cuando Lioba y su familia se instalaron como siervos de su padre en el valle, huyendo de unos bandidos que habían incendiado un poblado cercano. Cada vez que la había visto había pensando que era como la luna, brillante, serena, y perfecta. Ahora la luna había bajado hasta poder tocarla con la yema de los dedos. Y nada podía habérsele comparado.

---¿Joven señor, está usted bien?--- Su voz temblaba conmovida. Su voz le hacía temblar conmovedoramente.---Joven señor…
---Lucas---le respondio interrumpiéndola---me llamo Lucas

...

domingo, 15 de enero de 2012

Presente



El sol era una desvaída esfera anaranjada, que arrojaba un calor asfixiante, el cual parecía golpear físicamente, aplastando contra el suelo a cualquiera que osara moverse. El aire mismo parecía contener la respiración, si tal cosa fuera posible, en un ambiente caldeado propio del mismo infierno.

Una docena de casuchas, amontonadas a derecha e izquierda del único camino del pueblo, parecían desdibujadas como si el calor hubiera difuminado su contorno y emborronado los colores. Hacia tanto calor, que no hubiera sido extraño que el propio diablo anduviese por aquel olvidado lugar.

Una figura, cuya alargada sombra se proyectaba entre las casas del pueblo, permanecía inmóvil debajo de aquel bochorno.  Un oscuro y ajado sombrero de grandes alas, le tapaba el rostro casi por completo, dejando solo a la vista una mandíbula cuadrada y muy curtida por el sol. Una sencilla chaquetilla oscura, confeccionada con lana y desabotonada por completo dejaba al descubierto una camisa blanca que no mostraba señales de transpiración. Unas calzas de cuero eran visibles hasta las rodillas, adonde llegaban unas botas altas de color azul y recosidas con parches en muchos sitios. La funda de una espada y varios morrales de cuero colgaban en su cadera y espalda, respectivamente. El pomo de la espada era sencillo, con una empuñadura hecha con cuero enrollado.

Por todos era sabido que aquella región, a las afueras de Burgos, y en aquella época del año, el tiempo era cruelmente caluroso, pero en todos sus años de trasiego, aquel hombre jamás había sentido un calor igual, como si se encontrara a escasos centímetros de una fragua mientras un herrero atizara el fuego en su mismas narices. En verdad que los cuentos de las alcahuetas que habían llegado a sus oídos, cuando se encontraba en un mesón de mala muerte en Burgos, debían ser tomados en consideración. Y allí se encontraba, en Casillas del prado, mientras el sudor pugnaba por aflorar por cada poro de su piel, a pesar del férreo control al que sometía su cuerpo y observando la imagen estática y desvaída de aquellas humildes casuchas.

De los pocos habitantes de aquel lugar, ni rastro. A falta de pocas horas para que aquella bola de fuego en que se había convertido el sol, desapareciera por el horizonte a su espalda, deberían de haber algunas personas volviendo de los campos, o alguna vieja fisgona, desdentada y rumiosa, asomada a alguna de las ventanas. Un perrillo flaco aunque sea, buscando alguna rendija de sombra bajo aquel sol abrasador. Nada, ni un alma, ni un atisbo de vida.  Era como si aquel lugar, respecto a la realidad, se hubiera detenido, aplastado y condensado en un ámbar invisible, cuya presión en cambio si era palpable.



Con un hondo suspiro, el hombre hecho a andar por aquella calle. Al instante se reprendió  Por su debilidad. Si ya empezaba a echar suspiritos como una doncella gazmoña, y se entretenía tanto en sus pensamientos, es que quizás empezaba a hacerse mayor para estas cosas. Oyó como sus pasos resonaban quedamente en el aplastado camino de tierra. Toc… Toc… Toc… era lo único que podía escuchar, lo único que resonaba en aquella silenciosa y única calle.

A mitad de la calle, un ligero olor a huevos podridos capto su atención. Sin lugar a dudas se escapaba por debajo de la puerta de la casucha que tenía a su derecha. Quedándose totalmente inmóvil, con la mirada fija en la puerta, exhalo otro suspiro. Sí, definitivamente, estaba haciéndose demasiado mayor para aquello. Quizás era hora de su justo retiro, una pequeña parcela de tierra, algunos animales y él en casa, fumando en su pipa sin más preocupaciones que las que daba el clima y los animales. Sí, demasiado mayor y demasiado blando.

Sus ojos, negros como dos tizones apagados, relucieron un momento, cuando el sol parpadeo al empezar a ocultarse detrás de uno de los tejados. Aquel atisbo de vida, de movimiento, fue como la gota que precede al chorro de una fuente, cuando miles de fragmentos de madera se esparcieron a su alrededor, al explotar la puerta. Como en una danza caótica, los fragmentos y el polvo, brillantes como el oro debido a la luz del atardecer le impactaron y le rodearon por completo. Sentía las astillas golpeando en el sombrero y en el cuello, lacerando su piel. El polvo, impregnado de aquel nauseabundo olor, le inundaba las fosas nasales. Los morrales se sacudieron, y la chaqueta parecía querer salir arrancada de su pecho. Un cuervo grazno alzando el vuelo desde el interior de la vivienda. Algo brillo entre la oscuridad del hueco recién formado, precursor de un metálico y afilado pivote que surcaba aquella constelación de polvo y madera. Entonces un borrón sacudió el aire. El polvo en suspensión se desplazo en todas las direcciones. El pivote siguió su trayectoria clavándose en la pared de enfrente. De una espada desenfundada corrío una gota de sangre que termino cayendo en el suelo cubierto de paja de la estancia. Una figura, aquel hombre, sujetaba esa espada, ya dentro de la casa. El sombrero bien calado. Un ruido sordo, como un “pof”, cuando las dos limpias mitades del cuervo cayeron al suelo, atrás en la calle.

La casa se componía de un único cuarto, con una total ausencia de muebles. Una ballesta yacía tirada en el suelo, junto a una forma achaparrada,  cubierta con una especie de manta que lo tapaba y embozaba, que lo observaba desde una de las paredes. Sus pies no tocaban el suelo, sino que se agarraban a la pared como si de un enorme insecto se tratase. El olor a huevos podridos era ya casi asfixiante. No veía su rostro, pero el Hombre sabia que lo estaban mirando fijamente. No solo a los ojos, sino a su mente y a su corazón. En voz baja empezó a entonar un antiguo salmo.

---Callate, Bastardo hijo de puta---dijo la retorcida forma. Su voz…su voz era como oír el fin de todas lo conocido, el apocalipsis, la condenación eterna convertida en verbo.---Sabes que no soporto que digas esas cosas, Lucas.---su voz se endulzo. Era como la hiel--- Ahora muestra un poco mas de respeto, estas en mi casa, lávate las manos y siéntate a mi mesa---un sonido reptante fue el remedo de risa con el que termino la frase.

--- ¿Qué has hecho con la gente que vivía aquí?---pregunto Lucas. Aun sabiendo la respuesta, tenía que asegurarse. Su interlocutor siempre mentía, pero nunca pasaría por alto el deleitarse en sus crimenes.

--- ¿Qué gente? Yo por aquí no veo a ninguna persona. Solo tu yo y esos gusanos que se mueven entre la paja---Unos dientes amarillos y podridos brillaron entre el embozo--- ¿Para qué ser hombre, mujer o niño, pudiendo arrastrarse ante mí, bajo la forma más propicia para tal acto de sumisión?---

Sin poder evitarlo, un escalofrió le recorrió el cuerpo. Aquello superaba a cualquier cosa que jamás hubiera visto antes. Sí, demasiado viejo.

---Si acaso crees que conmigo podrás hacer lo mismo---dijo Lucas a la vez que se echaba la mano a uno de los morrales y lo desataba diestramente en un solo movimiento.--- Es que de verdad llevas pudriéndote mucho tiempo en ese cascaron.

--- ¿Qué ocurre, Ejecutor, sayón de lo Impío. Tú nunca hubieras necesitado decir algo así. Tendrías la confianza absoluta del tal cosa, sin necesidad de decírmelo…---Hizo una leve pausa, mientras dejaba caer algo redondo al suelo. Un asomo de risa afloro en su garganta---¿Quizás ya perdiste la Fe?

El hombre miro sin ver aquello que había tirado al suelo. Sabía perfectamente lo que era y ahora mismo no podía dejar que algo así le arrebatase el control.

---Digamos que después de tantos años dándote caza, Padre de las mentiras, empiezo a hacerte algunas concesiones. Como si fueras un antiguo amigo---Una ronca sonrisa, surgió de los labios del hombre---Debes ser la persona con la que más he conversado los últimos veinte años.--- Mientras hablaba esparcía el contenido del morral, un polvo plateado, realizando un círculo alrededor de sí mismo. La figura de la pared parecía absorta en sus movimientos, y por si acaso, el hombre no quitaba ojo de ella, con la espada en alto, en la misma postura con la que había entrado en el cuarto.

---Aburres ya, Lucas---Bramo de forma cortante---Siempre los mismos trucos, las mismas frases hechas. No te va a servir de nada, Morirás tarde o temprano, como cualquier mortal. Y la muerte es mi dominio.Hoy has llegado tarde, no has podido salvar a toda esta gente.

El hombre termino de esparcir el polvo, cerro el morral con la misma economía de movimientos con que lo abrió e hinco la espada en el suelo mientras la sujetaba por la guardia con las dos manos, y empezó a entonar un salmo. Esta vez en voz alta.

Regna terrae, cantate Deo, 


psallite Domino, Tribuite virtutem Deo. 


Exorcizamus te, 


omnis immundus spiritus…


---Si vieras aquellos dos niños, como gritaban mientras los vaciaba por dentro---Hizo una pausa, mientras emitía claros sonidos de salivación---. Creo que son esos dos gusanos que se frotan al lado de tu bota.

omnis satanica potestas, 

omnis incursio infernalis adversarii, 


omnis legio, omnis congregatio et secta diabolica 


Ergo perditionis venenum propinare…


El hombre sintió un agudo pinchazo en el pecho cuando nombro a los dos niños. Siguió entonando aquella letanía, que parecía subir y bajar por la estancia, inundando cada rincón con aquel potente tono

Vade, satana, inventor et magister omnis fallaciae, 


hostis humanae salutis. 


Humiliare sub potenti manu Dei; contremisce et effuge, 


invocato a nobis sancto et terribili Nomine Iesu..


---Por cierto creo que se me ha caído algo. Por favor Lucas, amigo mío…, ¿podrías recogerlo?, mis cansados huesos ya están ajados para esos esfuerzos--- Su voz parecía implorante. El objeto, un camafeo, estaba tirado en el suelo y abierto. Una hermosa mujer aparecía dibujada, con exquisito detalle.

quem inferi tremunt. 


Ab insidiis diaboli, libera nos, Domine. 


Ut Ecclesiam tuam secura tibi facias libertate servire, 


te rogamus, audi nos…


El sudor empezaba a perlar la frente del hombre, no quería mirar aquel rostro. El control tembló en su interior, como si un vendaval lo azotara. Lioba…

Ut inimicos sanctae Ecclesiae humiliare digneris, 


te rogamus, audi nos. 


Dominicos sanctae ecclesiae 


te rogamus audi nos..



---La bella Lioba, ¿eh Lucas?---dijo el mal que allí habitaba--- ¿Te acuerdas aun de ella?, ¿de su brillante cabello color miel? ¿De sus ojos como dos ventanas al paraíso? ¿Te acuerdas Lucas?---Su voz a medida que hablaba se iba cargando de odio---A mi no me hace falta recordarla, Lucas, la veo cada día gritando, delante mía, mientras despellejo su piel una y otra vez, desfigurandole el rostro con el fuego del Infierno. ¿Sabes que grita Lucas? ¡¿Lo sabes?¡---Su voz resonó como si el ojo de la tormenta final lo rodease…

¡ Terribilis Deus de sanctuario suo Deus Israhel ipse… ¡


---¡¡Grita tu nombre, maldito hijo de puta¡¡. ¡¡Te maldice en cada momento de su agonía ¡¡una agonía eterna ¡¡



¡ Deus Israhel ipse. dabit virtutem… ¡



¡¡Porque me dejaste aquí, Lucas, porque me dejas sufrir ¡¡---La voz que sonaba ahora era de mujer, desgarrada, seca…



 ¡¡ et fortitudinem plebi suae, benedictus Deus…  ¡¡


El huracán que azotaba el interior de Lucas estaba a punto de reducirlo a cenizas. El sudor lo empapaba de arriba abajo. La tormenta del fin del mundo estallaba entre aquellas cuatro paredes

¡¡¡¡ Gloria Patri. ¡¡¡¡



El atronador grito que a continuación surgió de la garganta del demonio, retumbo como el martillo de los dioses cayendo sobre aquel lugar. Las paredes de cal y yeso reverberaron una centésima de segundo para luego explotar en miles de pedazos que volaron a decenas de metros de altura. Despojado de la manta, un cuerpo rosado y arrugado, pobre reflejo de lo que anteriormente fue, iba deshaciéndose como la cera de una vela. La mirada que arrojaron aquellos ojos al hombre que permanecía de pie agarrado precariamente a su espada cargaban el odio mas infinito y puro que jamás pudo existir. Sus palabras fueron el eco de aquella mirada

---Sigue expiando tu culpa en ese infierno al que llamas vida, Ejecutor. Jamás escaparas de ella---Aquellos despojos ya no eran más que una humeante montaña de carne---Ni escaparas de mi.

Con un último siseo, aquella masa informe termino de deshacerse. Los últimos restos de cal y teja caían del cielo como una lluvia solida. Dentro del, a la vez,  los últimos restos del autocontrol estallaron como una superficie cristalina, sintiendo cada trozo afilado clavarse en lo más profundo de su alma.

No lloró, ya no quedaban mas lagrimas. Hace mucho tiempo, exactamente veinte años, las gasto todas  en una sola noche…

Continuara…